Se conoce como dédalo a un laberinto.
En la mitología griega, había un arquitecto y artesano muy hábil, llamado Dédalo.
Se dirigió al rey Minos, en Creta, para ponerse a su servicio. En el reino tenían un problemilla con un minotauro (básicamente la reina, Pasífae, se había enamorado de un toro y dio a luz a un minotauro, tal cual, a mí no me mires), de manera que para deshacerse de él, ¿qué mejor que construir un laberinto donde encerrarle?
El laberinto era un edificio con incontables pasillos y calles sinuosas abriéndose unos a otras, que parecía no tener principio ni final.
¡Y de aquí viene el origen de la palabra!

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